LAS PUBLICACIONES PERIÓDICAS:
REVISTAS Y BOLETINAS FEMINISTAS

 

Entre la prensa alternativa y popular y la prensa de mujeres en Chile y Latinoamérica

El amplio y heterogéneo movimiento feminista y de mujeres no solo desplegó su fuerza realizando diversas actividades en los barrios y manifestaciones en el centro de las ciudades, sino que también creó sus propios medios de comunicación —principalmente boletinas— que se constituyeron como espacios públicos propios, amplificando las ideas y luchas impulsadas por el movimiento. El desarrollo de una prensa alternativa fue un fenómeno transversal en las organizaciones sociales y políticas de la época. Frente a la necesidad de contrarrestar la desinformación y la manipulación que caracterizaba a la prensa hegemónica, y también frente a las necesidades internas de cohesión, las organizaciones crearon sus propias publicaciones que les permitieron mantener una comunicación constante entre sus integrantes y simpatizantes. Como señala Manuel Bastías, “la aparición de nuevos medios de prensa contribuyó de dos formas a mejorar la diseminación de información: dar información ignorada u omitida por medios oficiales y prorrégimen, y exponer los contenidos de una manera que antagonizaba con el discurso hegemónico” (162).
Entre las primeras publicaciones periódicas de oposición encontramos Solidaridad, el boletín de la Vicaría de la Solidaridad que comenzó a editarse en 1976, seguido por las revistas APSI, Análisis, y el semanario Hoy. Con los años se fue ampliando el repertorio de prensa escrita, en el que destacaron Cauce, La Época y Fortín Mapocho, así como también revistas culturales, como La bicicleta o Pluma y pincel. Un momento importante para la consolidación de la prensa independiente fue la aprobación de la Constitución de 1980, que legalizó todos los medios existentes hasta el momento y permitió que hacia mediados de la década la prensa alternativa adquiriera una circulación masiva. No obstante, este panorama tuvo importantes fluctuaciones, marcadas por la persecución desatada sobre los medios de comunicación alternativos cuando se restituyó el Estado de Sitio en 1984 y luego nuevamente en 1986. Ahora bien, además del campo de la prensa alternativa ya descrito, hay que considerar el notable desarrollo que tuvo la prensa popular. Junto con las primeras jornadas de protesta, los boletines populares florecieron en las imprentas artesanales de todo el país, distribuyéndose en su mayoría de mano en mano, con una circulación que en muchos casos se describió como “restringida”, “interna” o “selectiva”. Algunos de los boletines más importantes en la época fueron Dónde están, de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos; El coordinador, de la Coordinadora Nacional Sindical; y La ciruela, de la Agrupación Cultural Universitaria (ACU). La fuerza de este fenómeno se refleja en los seis Encuentros de Prensa Popular realizados a partir de 1984, donde se formó la Red de Prensa Popular. En ese marco hubo experiencias muy interesantes de coordinación local y sectorial, como la iniciativa de articulación de los boletines de mujeres de Santiago (ECO 39), y también ayudas concretas para el financiamiento de estos boletines, como la beca que recibió Boletina Chilena para costear la mitad de sus impresiones.
El importante desarrollo de las publicaciones periódicas del movimiento de mujeres de los años 80 se inserta en una larga tradición de prensa de mujeres en Chile. Entender este fenómeno requiere ampliar, por un momento, nuestro foco temporal y preguntarnos tanto sobre la intervención pública de las mujeres en los asuntos sociales y políticos del país, como sobre su expresión en el ámbito de la escritura y, en particular, de la prensa impresa. Julieta Kirkwood pionera en investigar estas temáticas en Chile señala que desde 1913 y aún antes en el siglo XIX hubo movilizaciones de mujeres, pequeños clubes y asociaciones por sus derechos civiles y políticos que incidieron o trataron de incidir en la política social (63). Sin embargo, la misma Kirkwood señala que una de las mayores dificultades a la hora de estudiar los escritos políticos de las mujeres en Chile es que su participación al interior de los partidos políticos —ya sean de izquierda, centro o derecha— está prácticamente indocumentada y que los grupos femeninos no autónomos jamás hicieron una revista (69). Claudia Montero señala que, efectivamente, la prensa de mujeres no solía formar parte de empresas editoriales, pues eran más bien periódicos y revistas independientes y autofinanciadas (19). Montero sostiene que, durante dos décadas de investigación, ha podido establecer una lista de por lo menos 62 publicaciones periódicas de mujeres, fechadas entre 1850 y 1950, que da cuenta de una trayectoria de prensa producida por mujeres que se asumen como sujetos sociales con la intención de expresar una opinión en el espacio público. A lo largo de ese siglo, Montero aprecia una variedad de sujetos femeninos atravesados por la exclusión del orden genérico, así como una “una escritura contestataria, que desafía el monopolio masculino sobre la cultura y la historia” (18). Entre estas publicaciones destacamos La mujer nueva, el periódico con el que el Movimiento Pro-Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH) agitó, entre los años 1935 y 1941, un feminismo radical para su época.
Dentro de este panorama, debemos considerar que la prensa de mujeres en Chile forma parte de una tradición histórica presente en todo el movimiento feminista latinoamericano. No es posible entender los hilos que tejen las sabidurías feministas en los años 80 a nivel nacional, si no es considerando los diálogos entablados con las mujeres de nuestro continente, a partir de encuentros y proyectos que se pueden leer en la prensa de la época y que llevaron a sus protagonistas a construir horizontes comunes de lucha. Desde los años 70, en diversos países de la región se gestaron una gran cantidad de publicaciones con distintos formatos, modos de circulación y autorías, entre las que podemos destacar Persona (Argentina), Nos Mulheres (Brasil), La tortuga (Perú), Fem (México), Cotidiano Mujer (Uruguay) y Tierra Viva (Guatemala), entre muchas otras. La revisión de sus escritos nos lleva a visualizar la proliferación de una conciencia feminista que se distingue de un periodo anterior por sus nuevos análisis, demandas y proyectos ideológicos. Probablemente los nudos centrales abordados por la mayor parte de estas publicaciones son: 1) el reconocimiento de una estructura de poder patriarcal que deja a las mujeres en una situación de opresión, 2) que dicha estructura permea todas las dimensiones de la vida y 3) que por lo tanto la política traspasa las fronteras de lo público, ante lo cual toman relevancia las consignas “lo personal es político” y “democracia en el país y en la casa”. De esta manera emerge una diversidad de temas en la prensa feminista: sexualidad, aborto, maternidad, violación, publicidad machista, trabajo doméstico, liberación, historia de las mujeres, entre otros. ​​Ahora bien, es fundamental entender la diversidad de contextos en que se gestaron los  debates, pues mientras la gran mayoría de los países del Cono Sur vivió bajo el yugo de dictaduras, otros mantuvieron gobiernos democráticos, aunque siendo cuestionados permanentemente por parte de los movimientos sociales. Por tanto, aunque las temáticas aquí planteadas fueron también una preocupación mundial, en nuestra región se analizaron de manera situada, en clave latinoamericana y nacional.

 

Las boletinas feministas y su heterogeneidad

A lo largo de la investigación, hemos identificado un corpus muy extenso y diverso de publicaciones periódicas de organizaciones de mujeres producidas durante la Dictadura —principalmente en la década de 1980—, llegando a contabilizar al menos 50, de las cuales se editaron múltiples números de manera regular. Como se indica con mayor detalle en la sección del menú Proyecto”, tras hacer el catastro inicial seleccionamos cinco publicaciones que consideramos representativas de la diversidad del corpus general: Palomita (Las Domitilas), Furia (Federación de Mujeres Socialistas), Boletín La Morada (Casa de la Mujer la Morada), Boletina chilena (MEMCH 83’) y Vamos mujer (CODEM), las cuales digitalizamos y analizamos para su puesta en valor. No obstante, este texto en ningún caso sustituye la necesidad de revisar las especificidades de las publicaciones que no abordamos en este proyecto.
En su gran mayoría se trata de boletinas —salvo el caso de Furia que se perfiló como una revista— creadas por organizaciones de mujeres de diversa naturaleza, pero que tuvieron como experiencia común tanto la resistencia a la Dictadura, como el posicionamiento público de problemáticas específicas de las mujeres. En este escenario de censura y represión política, las publicaciones optaron por no incluir la información que suele encontrarse en las primeras páginas, como el equipo editorial. Es más, casi ninguno de los textos publicados llevó los nombres reales de sus autoras. En nuestra investigación hemos llegado a identificar cinco tipos de autorías: las que utilizan el nombre completo de las autoras (esto sucedía principalmente cuando las autoras no eran parte de la organización, como en aquellos casos que reprodujeron fragmentos de textos ya publicados), las que utilizan seudónimos (como Julieta Kirkwood, que usó el nombre de Adela H. en Furia), las que firman con un nombre de pila (aunque desconocemos si corresponden a sus nombres reales), las autorías colectivas a nivel de organización, y las que se constituyen como anónimas.
En términos generales, se trata de un conjunto de publicaciones breves marcado por una heterogeneidad de orientaciones políticas, autorías, temas y géneros textuales. Respecto a los temas, distinguimos al menos dos grandes problemáticas —presentes en casi todos los casos— que se vinculan de diversas maneras en las diferentes boletinas. Por una parte, destaca la denuncia contra la represión y las violaciones a los derechos humanos ejercidas por la dictadura cívico-militar —como la prisión política, la tortura, la violencia política-sexual, el exilio y tantas otras formas de terrorismo de Estado—, como también las luchas por lograr verdad y justicia llevadas adelante por distintas organizaciones sociales. En esa misma línea, se denunciaron constantemente las precarias condiciones de vida del pueblo —las alzas de precios, la cesantía, la pobreza y la falta de viviendas— y se destacaron diversas iniciativas populares para atender esas necesidades urgentes. En este marco, también encontramos diversos textos que abordaron la coyuntura política, económica y social a nivel nacional e internacional.
Por otra parte, destacaron las problemáticas vinculadas a la violencia y opresión contra las mujeres, tanto a nivel de las experiencias concretas que sufrían día a día, como a nivel de las estructuras sociales, políticas y culturales. Junto con abordar su situación de opresión, las publicaciones además pusieron el foco en la organización y las luchas de las mujeres por superar esa condición y avanzar hacia su liberación. Aquí destacan diversas temáticas como el trabajo doméstico, la historia de las mujeres y de las luchas feministas, las demandas de las organizaciones, movilizaciones como las del 8 de marzo, actividades y encuentros, la naturaleza del patriarcado, la sexualidad y el derecho a la anticoncepción, entre muchas otras. Dentro de este amplio corpus, hay algunas publicaciones que se enfocaron en promover actividades en torno a la lucha feminista y en pos de una reflexión en torno a la condición de la mujer como el Boletín La Morada—, y otras que destacaron por visibilizar y potenciar las luchas de las mujeres pobladoras, así como también su relación con las organizaciones populares en contra de la Dictadura y a favor de una verdadera democracia —como Palomita o Vamos mujer—.
Las publicaciones periódicas del movimiento social de mujeres también fueron heterogéneas en términos de la función que jugaron en el marco de sus organizaciones, lo que se manifiesta en diferencias en algunos de sus rasgos principales, como el privilegiar ciertos géneros textuales por sobre otros. Por un lado encontramos organizaciones como la Casa de la Mujer la Morada, que optó por hacer de su boletín un medio para difundir las múltiples actividades y encuentros que se realizaron en su casa en el barrio Bellavista. Esto se tradujo en la publicación principalmente de textos informativos respecto a dichas actividades, como convocatorias, noticias y reportajes. Algo similar sucedió con el MEMCH 83’ y su Boletina chilena, donde además de editoriales escritas por la organización, se publicaron secciones como “Presencia y acciones de las mujeres” y “Latinoamérica, la diaria pelea de la mujer por sus derechos” (de noticias), así como también conclusiones de diversos encuentros y jornadas. Por otro lado, la Federación de Mujeres Socialistas hizo de Furia una publicación que se acercó más al formato de una revista que de un boletín, tanto por el número de sus páginas como por la extensión de sus textos. Con una presencia de ilustraciones y fotografías mucho menor que las demás publicaciones, Furia apostó por ser un medio de difusión de textos de análisis y reflexión teórico-política sobre temas como el vínculo entre el patriarcado y el capitalismo, la condición de la mujer y el trabajo doméstico. Por último, tanto CODEM como Las Domitilas ambas organizaciones de origen popular hicieron boletinas que integraron tanto información sobre la contingencia y diversas actividades como textos de análisis con mayor profundidad.
A pesar de las limitantes propias de las precarias condiciones materiales de producción, las organizaciones también supieron hacer de la dimensión gráfica de las boletinas un espacio de creatividad y comunicación. Utilizando el mimeógrafo y una serie de otros procedimientos y técnicas artesanales, desplegaron recursos visuales diversos, mezclando tipografías y letras manuscritas, fotografías tomadas muchas veces por las mismas protagonistas, e ilustraciones y cómics elaborados por mujeres o copiados por ellas mismas. En su libro Resistencia gráfica, Javiera Manzi y Nicole Cristi hablan de la “trastienda gráfica” como un espacio en el que es posible identificar un trama de vínculos, prácticas y procedimientos que atraviesa los distintos momentos que le dieron forma a los afiches políticos de la resistencia que ellas estudian: el encargo, el diseño, la impresión y la circulación. En esa trama “es posible reconocer cómo cada momento de este proceso asiste en la conformación de un entramado de complicidad y apoyo propio de este vínculo social gráfico” (133). De modo similar, las boletinas son una suerte de objeto que cristaliza en el tiempo una trama siempre móvil de organizaciones de mujeres, de boletines populares, de prensa feminista latinoamericana, y que, si la ampliamos al máximo, está compuesta principalmente por mujeres que resistieron a la Dictadura organizándose, debatiendo, protestando, escribiendo, editando, fotografiando, ilustrando, diagramando, imprimiendo, distribuyendo y leyendo.
Una de las formas en que ese tejido social se manifiesta en las boletinas es en la pluralidad de voces que se leen en sus páginas, dándoles un carácter especialmente polifónico. Las boletinas fueron en sí mismas un llamado a las mujeres a tomar la palabra. Así, sirviéndose de múltiples recursos y prácticas, las escasas cuatro u ocho páginas de algunas publicaciones lograron reunir una pluralidad de sujetas de enunciación. Esto se observa, por ejemplo, en la presencia constante de textos que se enuncian desde un “nosotras”, como solían hacer Las Domitilas en Palomita, y en páginas que reproducen fragmentos de diversas voces, como en el Nº 4 de Furia, en el que entretejen los testimonios de niñas hablando sobre su realidad con los versos de una ronda de Gabriela Mistral. En esta misma línea, en boletinas como Furia, Boletina chilena y Palomita, se dedicaron páginas completas a reproducir cartas de mujeres que expresaron su solidaridad desde el exilio, lo cual da cuenta de las redes que existieron entre las organizaciones de mujeres en Chile y en el extranjero. En ese sentido, también resulta interesante observar las redes formadas entre publicaciones, que dialogaron entre sí de diversos modos. Respecto a este punto llama la atención el Nº 3 (Año 6) de Vamos mujer, que reproduce íntegra una página de Oye vecina, boletina producida por un comité de base de CODEM Maipú, llamando a las vecinas a organizarse por cuadra para autogestionar los problemas de salud y alimentación que las aquejaban. Por último, esa trama de voces y publicaciones se puede observar más sistemáticamente en Boletina chilena, en parte producto del carácter del MEMCH 83’ como coordinadora de organizaciones de mujeres. Algunas de sus secciones más notables fueron “Las mujeres escriben”, en que la que destacaron nuevos libros escritos por mujeres; y “Prensa alternativa de mujeres”, donde comentaron brevemente las nuevas ediciones que iban saliendo de otras boletinas.

Archivos y documentos para una memoria feminista

Las boletinas que se han conservado a lo largo de los años permanecen dispersas en diversos archivos y hogares del país. En su mayoría, las que hoy podemos revisar fueron resguardadas gracias a la labor y el ojo atento de organizaciones sociales, ONG y militantes que supieron reconocer el valor histórico de unas hojas cuya fragilidad material podría haber engañado a varias personas. Afortunadamente, este panorama ha cambiado durante la última década, en la medida en que los archivos se han posicionado como objetos fundamentales para la construcción de la memoria. En este proceso, además de reconocer el rol del Fondo de Organizaciones y Movimientos Sociales del Archivo de la Administración (ARNAD), destacamos la creación en el año 2011 del Archivo Mujeres y Géneros dentro del Archivo Nacional de Chile, que resguarda el importante Fondo Isis, así como también documentación producida por feministas como Eliana Largo, Kena Lorenzini y Julieta Kirkwood. Por último, para esta investigación también han sido fundamentales el Archivo FASIC, que resguarda un sinfín de documentación producida durante la Dictadura cívico-militar chilena, así como el Archivo Memorias de la Resistencia del Taller Sol, que conserva múltiples documentos de las luchas de organizaciones populares y culturales.
Llegado hasta aquí, urge detenernos y plantear algunas preguntas que emergen al revisar estos documentos de archivo. Si las boletinas escritas por mujeres durante la Dictadura se insertan en una cronología más amplia, ¿a qué nodo temporal corresponden? Sabemos que estas publicaciones fueron producidas por organizaciones populares, centros académicos, grupos de mujeres vinculadas a partidos y movimientos políticos, entre otros espacios de articulación, ¿qué nos dicen sus páginas sobre la organización de las mujeres durante este periodo? ¿Qué es lo que se puede ver ahí que no se observa en otras fuentes históricas? Si entendemos a las boletinas como vehículos para transmitir ideas, ¿cuáles fueron sus formas de circulación y recepción? Si consideramos que el mundo de la prensa ha sido mayoritariamente masculino, ¿cómo fue para el movimiento de mujeres la conformación de un espacio discursivo en el que pudieron desarrollar sus propios intereses, identidades y deseos? ¿De qué estrategias se valieron para disputar los discursos que relegaban los “problemas de las mujeres” al ámbito de lo privado? En términos más amplios, ¿cómo entender las relaciones y tensiones entre la esfera pública oficial, la prensa alternativa, la prensa popular y la prensa de mujeres? Y por último, a la luz de las boletinas, ¿cómo podemos releer la historia del movimiento feminista y de mujeres en Chile? ¿Qué horizontes políticos surgen al integrar estas memorias a nuestras luchas feministas actuales?
Ante estas múltiples preguntas —que ciertamente no podemos responder a cabalidad—, consideramos sin duda que las boletinas de los años 80 llaman a construir una historia y memoria de la época que pone en el centro la organización y experiencia política, cultural y social de las mujeres. Una memoria que las hace visibles como colectivo y que las muestra a través de su propia mirada. Junto con eso, estos documentos de archivo nos exigen adoptar una perspectiva feminista en la construcción de esa memoria, que no replique la narrativa de las grandes hazañas propias de la política masculina, sino que de cuenta del tejido de trabajos que sostiene a un movimiento que apostó por interrogar todas las dimensiones de la vida, tal como lo sigue haciendo hasta hoy. Françoise Collin propone una reivindicación del valor histórico de lo reproductivo, de la cotidianeidad, de las partes de la experiencia que no son vistas como acciones notables. La autora sostiene agudamente que la historiografía ha sido uno de los mecanismos con que las mujeres hemos sido “minorizadas” en la historia: “Porque la ausencia de las mujeres en la historia significa más bien su evicción del poder que su falta de actividad: lo que ellas producen y realizan, en el marco general de la dominación, no les reporta reconocimiento alguno” (113-114). Es en ese sentido que observamos hoy las boletinas, relevando todo el trabajo colectivo que hubo detrás para levantar cada convocatoria a movilización, cada encuentro, cada taller y, especialmente, el enorme esfuerzo conjunto que dio vida a cada uno de los números: escribir de manera individual o a varias manos (por primera vez para la mayoría), rescatar textos de otras publicaciones, tomar y seleccionar fotografías e ilustraciones, diagramar e imprimir el boletín, distribuirlo de mano en mano a través de las diversas redes de organizaciones. 
Con este proyecto esperamos contribuir a destacar todo ese trabajo de praxis feminista que de algún modo se deja leer en las boletinas: en sus textos, sus imágenes y sus diversas huellas, para abrir nuevas perspectivas de análisis, investigación o por el simple interés de encontrar y leer nuestro pasado con ojos críticos. Quienes pugnamos por realizar este ejercicio consideramos urgente visibilizar los documentos producidos por aquellas voces marginalizadas por las narrativas hegemónicas, porque sabemos que una historia y memoria con perspectiva feminista no se hace si no es con esos archivos de rebeldía.

Cómo citar este texto:

Schroder, Daniela, Valentina Salinas y Luz María Narbona. «Vamos mujer». Boletinas feministas. http://boletinasfeministas.org